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title: "Cálculo electoral, mezquindad y confusión"
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description: "En un nuevo episodio del podcast Fenómeno Barrial, Andrés Malamud y Pablo Castro conversan sobre el cálculo electoral de Cristina Kirchner y los gobernadores, la posibilidad de mover el tipo de cambio, protestas y déficit fiscal en Francia."
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date_published: "2026-10-14T10:24:00-03:00"
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tags:
  - "Cristina Fernández de Kirchner"
  - "Francia"
  - "Javier Milei últimas noticias"
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# Cálculo electoral, mezquindad y confusión

![6a8e14a427bf2__950x512](https://statics.eleconomista.com.ar/2026/08/crop/6a8e14a427bf2__950x512.webp)

## **Las mejores frases del podcast**

- Esta semana Toto Caputo le dijo a alguien: "No voy a renunciar, no te preocupes", o algo parecido. Por lo tanto, los rumores quedaron al menos desmentidos.
- Lo que sí ocurrió fue que el economista Alberto Ades estuvo en varios medios y publicó análisis durante la semana pasada. Hubo cierta interpretación de que se planteaban críticas al plan económico; incluso algunos llegaron a sugerir que él podría ser el reemplazo de Caputo, algo sobre lo cual no hay ningún tipo de evidencia. Está oficialmente desmentido, aunque en política siempre está desmentido hasta que se confirma.
- Lo que planteaba Ades es que la economía está en transformación. Es esperable que algunas actividades se contraigan y que otras tengan éxito. Hay un cambio de precios relativos y una apertura comercial. Estamos en un momento en el que la economía tiene que reasignar recursos de un sector a otro. Ese proceso no está exento de fricciones ni evita que empresas y trabajadores tengan que atravesar esa transición, lo cual desde el punto de vista electoral no es necesariamente agradable.
- Ades se preguntaba si se puede hacer algo para mejorar esa transición, para que el salario real o el consumo se incrementen de cara a las elecciones, porque vamos hacia otro turno electoral en el que otra vez nos jugamos quizás el modelo completo.
- ¿Cómo moderar los dolores del crecimiento? Lo que algunos economistas dicen —y Ades más bien se pregunta— es si se puede mejorar algo mediante una modificación en el tipo de cambio real para que la Argentina se abarate. La gran discusión ahí es, antes que nada, si efectivamente se puede lograr un cambio en el tipo de cambio real.
- El Gobierno puede influir sobre el tipo de cambio nominal; puede decidir que le gustaría un dólar a $1600, $1700 o $1800, pero lo que no puede controlar después es qué pasa con los precios de la economía. Si se genera un tipo de cambio nominal más alto y luego sube la inflación, en términos reales todo sigue igual, pero se le añade ruido a la economía, inercia y se desanclan las expectativas inflacionarias. Con un desempleo en un nivel relativamente contenido del 8%, hay más riesgo que certeza de éxito al intentar ese camino.
- Cuando le consultaron sobre el dólar, Ades señaló que el tipo de cambio está entre un 24% y un 29% apreciado respecto de cierto promedio histórico. Es cierto que está apreciado en relación con el promedio de los últimos 20 o 25 años —aunque todavía sigue depreciado frente a la convertibilidad—, pero hay que considerar el cambio estructural en la balanza comercial, sobre todo por la balanza energética e incluso por las importaciones. Hoy se importa poco en relación con el nivel de actividad económica; por lo tanto, la balanza comercial está estructuralmente mucho más sólida y eso debería llevar a un tipo de cambio más apreciado.
- ¿Puede cambiar este escenario? Sí, puede cambiar, pero hoy por hoy el *trade-off* que tiene que resolver el Gobierno es si aplica algún cambio y arriesga ahora, porque dentro de seis meses va a ser demasiado tarde. Al mirar los datos actuales, generar esa devaluación implica más riesgos que beneficios.
- Hay que tener en cuenta que durante 2026, si algo hizo el Gobierno en términos netos fue ponerle un piso a esa apreciación mediante la compra de reservas por parte del Banco Central. En términos netos, la entidad compró miles de millones de dólares. Si bien también interviene en el mercado de futuros con la postura contraria, al netear ambas operatorias el Banco Central está impidiendo una apreciación mayor. Por ahora, el oficialismo observa esa dinámica y prioriza el control de la nominalidad.
- La expectativa oficial es que, a medida que baje la inflación, los salarios reales van a subir, las tasas de interés van a bajar y eso va a estimular la economía.
- ¿Alcanza el tiempo para un gran *boom* antes de las elecciones? Creo que no. **Lo más probable es que la economía llegue igual o, con suerte, un poquito mejor, pero no mucho mejor.**
- **A los mercados les preocupa que el Gobierno no reelija.** Lo que Ades propone es una manera de moderar los costos de la transformación para favorecer las chances electorales.
- Si no se puede tocar la economía, hay que tocar la política para ganar las elecciones. Por lo menos eso es lo que piensa el Gobierno, aunque sabemos que conviven dos flancos internos: los que creen que hay que retocar algo de la economía —hacer obra pública o subir el tipo de cambio— y los que piensan que hay que reformar leyes electorales o tejer alianzas con los gobernadores.
- Si no hay margen para mover la economía, el interrogante pasa a ser qué se puede hacer desde la política para que las elecciones sean ganables y los mercados no se espanten.
- Es cálculo estratégico, sin dudas. Lo que pasa hoy es difícil de descifrar, no solo porque cuesta saber qué quiere hacer cada uno, sino porque hay confusión entre los propios actores y agentes. Tienen dudas sobre los instrumentos, no sobre los objetivos. Todos saben que quieren ganar las elecciones en la Nación o en sus provincias. Muchos gobernadores saben que quieren ser presidentes alguna vez: si se puede, en este turno; si no, en el siguiente.
- Lo que no tienen claro es qué les conviene hacer para lograr ese objetivo: asegurar la reelección en las provincias, buscar la reelección en la Nación y recién después pensar en 2031, si se da. Algunos creen que les conviene tejer una alianza con el Gobierno nacional en sus distritos y otros prefieren negociar autonomía. Adentro del propio Gobierno algunos piensan que conviene impulsar una reforma electoral, pero no tienen en claro de qué modo. Cada vez sale más a la superficie el debate que sugiere que, si no hay PASO, la que se beneficia es Cristina Kirchner.
- Se habla de Cristina y no del peronismo porque las PASO son el mecanismo para seleccionar candidatos; sin primarias, las postulaciones se definen de otra manera. Para quien ocupa el lugar de gran elector, que le saquen un instrumento obligatorio que le diluya el poder de la lapicera es una buena noticia.
- Al principio muchos pensaron, empezando por la Casa Rosada, que al oficialismo le convenía eliminar las PASO porque eso desorganizaba a la oposición. Ahora, cada vez más observadores creen que **es al revés: sin las PASO la oposición se ordena**.
- Van a surgir múltiples postulantes —que florezcan mil flores—, en cierto momento se van a neutralizar entre sí y, finalmente, va a ser Cristina, al igual que Bolsonaro en Brasil, quien desde la prisión domiciliaria decida qué candidato le conviene más al espacio.
- ¿Qué quiere Cristina? Ella es la gran electora. Milei también lo es, con la diferencia de que el presidente —como él mismo lo dijo de forma explícita— se ocupa de la economía, mientras que su equipo político, es decir, Karina Milei, maneja la política. Milei evalúa qué hace con los bordes del plan económico: si le agrega un poco de las ideas de Ades a la gestión de Caputo o si deja todo como está. Karina es la que analiza si las PASO se transforman en PAS, si se eliminan o si se mantienen, y qué acuerdos se cierran con los gobernadores.
- Cristina, en cambio, interviene en los dos tableros: tiene la capacidad de bloquear la reforma electoral —no solo ella, también Patricia Bullrich— y puede definir las candidaturas. Pero acá aparece un doble problema, tanto para los observadores como para ella misma.
- El primer problema es que no están claros sus objetivos. No se sabe si prefiere poner un presidente propio o si le conviene que siga el actual bajo la lógica de "cuanto peor, mejor", y después ver qué pasa.
- Su segundo objetivo posible pasa por su situación judicial: conseguir una liberación o un indulto, algo similar a la amnistía que se discute en Brasil para que el propio Congreso libere a Bolsonaro, aunque en el caso de Cristina todavía no se llega a hablar de tanto. El tercer objetivo es la provincia de Buenos Aires, donde cobija su proyecto político: no solo a sus hijos políticos, sino a todo aquello que le da la esperanza de perdurar en el tiempo más allá de esta elección.
- Las dudas se acumulan. En la elección nacional, ¿para qué pondría Cristina a un presidente que no sea ella? Sobre un eventual indulto, ¿con quién lo negociaría? Algunos piensan que es más probable que se lo otorgue un no peronista antes que un peronista, porque en el peronismo nadie quiere a Cristina libre. Y respecto a la provincia de Buenos Aires, si la quiere conservar, ¿con quién lo haría? No da lo mismo cualquier nombre.
- Incluso cuando Cristina define lo que quiere, siempre se equivoca en contra de sus propios intereses. Todos los candidatos presidenciales que eligió terminaron siendo un error para ella. Primero puso a Daniel Scioli, que hoy es el mileísta más bolsonarista. Después eligió a Alberto Fernández, a quien tuvo que obstruirle el gobierno durante cuatro años por falta de acuerdo —aunque tampoco hacía falta demasiado para obstruir a Alberto—. Y finalmente lo puso a Sergio Massa, de quien Néstor Kirchner había dicho las peores cosas en la embajada de los Estados Unidos. Por lo tanto, primero es muy difícil imaginar qué busca y, segundo, suponer que si acierta en lo que quiere le vaya a salir bien. A Cristina muchas veces se la demoniza o se la endiosa, pero en los hechos no fue ni tan acertada ni tan peligrosa.
- Desde el sector de Cristina dejaron trascender que buscan un dictamen de la ONU que señale que ella debería poder ser candidata. Aunque una resolución así no sería vinculante para la justicia argentina, la usarían para intentar condicionar el escenario. ¿Es una maniobra para ganar tiempo y, llegado el momento, decir "no me dejan competir, mi candidato es tal"?
- Cristina no puede ser candidata y no lo va a ser. Recurrir a las Naciones Unidas equivale a rendirse ante la evidencia, porque el organismo que tiene jurisdicción efectiva es la Corte Interamericana de Derechos Humanos; la ONU solo emite recomendaciones. En el fondo, ya asume que no va a competir. Y si no puede ser reina, quiere ser *kingmaker* —hacedora de reyes—, que es la jugada más razonable, la que cierra en todos los manuales de ciencia política y la que comentan tanto propios como ajenos, quienes la aman y quienes la odian.
- Todavía no tiene definido qué pieza quiere coronar: si prefiere imponer un presidente de la Nación, asegurar un gobernador bonaerense, ver con quién le conviene negociar un indulto o si, simplemente, ya se acostumbró a vivir en su casa y está muy cómoda así.
- Lo único que parece seguro, según lo que transmite su propio entorno, es que no quieren a Axel Kicillof como candidato. Entonces, la pregunta es por qué no elige a otro postulante hoy mismo. Acá aparece la palabra clave: **ella no quiere elegir un candidato, quiere condicionarlo**. Condicionar. Todos los movimientos tácticos que despliega, desde la presentación ante las Naciones Unidas hasta el coqueteo tácito con Milei, apuntan a condicionar al que venga, sea alguien puesto por ella o no. Busca retener esa capacidad de condicionamiento.
- Es lo que siempre intentó hacer, aunque no siempre le sale bien: cuando los presidentes llegan al poder suelen liberarse, o al menos lo intentan —con la excepción de Alberto, que ni siquiera llegó a eso—. Mi impresión es que Cristina está en pleno cálculo, pero ese cálculo es difuso incluso para ella. Ante la dificultad de saber qué candidato le conviene más, apuesta a condicionar a cualquiera que termine en ese lugar. Hoy el elegido no es Axel, pero podría terminar siéndolo en las últimas 24 o 12 horas previas al cierre de listas. Hasta que no esté firmada la planilla, nadie tiene asegurada la candidatura.
- Mientras tanto, todos los gobernadores hacen una cuenta parecida. Algunos tienen reelección habilitada y otros no. Casi todos los que pueden reelegir buscan adelantar los comicios en sus provincias para que, si a nivel nacional se suspenden las PASO, tengan margen de tiempo para ganar en su territorio e inscribirse después como candidatos presidenciales. Nadie lo va a admitir en público, pero casi todas las provincias van hacia un desdoblamiento y un adelantamiento significativo. Esto lleva a que varios gobernadores empiecen a ver con buenos ojos la suspensión de las PASO: calculan que, aunque Milei se mantenga competitivo, ellos ganan tiempo para asegurar su provincia y luego probar suerte en la presidencial. Algunos lo llamarán mezquindad; otros dirán que es patriotismo y que se sacrifican en dos elecciones el mismo año para darle al país una alternativa.
- Todo esto forma parte del cálculo en la niebla que hacen los dirigentes. Nadie tiene certezas sobre las consecuencias de cada jugada, porque el resultado final depende de la interacción entre las decisiones que tomen todos los actores colectivos al mismo tiempo. Lo interesante de observar en la política —y sobre todo en la Argentina— es que muy seguido los protagonistas toman decisiones que terminan siendo perjudiciales para sí mismos. No porque sean tontos, sino porque operan bajo una racionalidad limitada por la cantidad de jugadores y por la incertidumbre.
- En lo que está pasando en Francia ocurren dos cosas al mismo tiempo: una política y otra económica. La que está más presente en las redes y en la boca de la gente son las manifestaciones en las calles: los franceses, una vez más, quemando cosas. Y la que domina en los mercados es que las tasas de interés en el mundo están subiendo.
- Dentro de ese contexto, Francia es uno de los países —si no el que más— que vio subir sus tasas de interés de largo plazo. ¿Por qué es importante esto? Porque Francia es un país muy endeudado y con un déficit muy grande: hablamos de una deuda sobre el PBI del 120% y un déficit por encima de los 5 puntos, de alrededor del 5,4% este año. Es una dinámica de deuda insostenible, en la que el pasivo aumenta todo el tiempo.
- Las manifestaciones son violentas, como siempre en Francia. Lo primero que quiero enfatizar, incluso para aquellos que piensan que por detrás hay una conspiración migratoria musulmana, es que**el repertorio de protesta se adecua a lo que los inmigrantes encuentran en el país de destino**. Cuando se protesta en Francia, se queman autos; esto es así por lo menos desde 1968, y en realidad los franceses hacen revoluciones desde 1789. La quema de autos es una tradición francesa, ni siquiera solo parisina, sino que se repite en varias ciudades.
- En el 80% o 90% de los medios de comunicación tradicionales de Francia, o en cualquier embajada francesa, van a señalar que se trata de una protesta estudiantil infiltrada por la extrema izquierda. En cambio, en X dicen que es la invasión musulmana y muestran las imágenes de las marchas llenas de banderas palestinas, sin ninguna insignia francesa.
- Es cierto que no hay banderas de Francia y que la mayoría son palestinas, pero quienes las llevan son todos franceses blancos.
- La causa palestina se transformó en una bandera común para los estudiantes universitarios y los sectores de izquierda europeos y norteamericanos, con independencia del color de piel.
- Basta con ver la serie *Fauda* para notar quiénes son los franceses que defienden esas causas: son franceses blancos. Lo que hay ahí es una protesta estudiantil por razones más o menos justificadas —aunque cuando uno ve las escuelas en Francia piensa que no tienen justificación; si nos dieran esas escuelas, no protestaríamos nunca más—.
- El problema político es que la extrema izquierda de Jean-Luc Mélenchon se metió por detrás para avivar el fuego, y la derecha usa eso a su favor.
- Lo más interesante de las protestas francesas es que benefician a la derecha. Es el típico juego a favor del enemigo: los que protestan en Francia se parecen a Cristina Kirchner cuando elige candidatos presidenciales.
- Otro aspecto llamativo es que las protestas son por un supuesto ajuste, por una inversión insuficiente en educación, cuando en realidad el ajuste en Francia todavía ni empezó. Cuando aumentaron la edad jubilatoria, en dos semanas también incendiaron París. En 2023, Emmanuel Macron trató de subir la edad jubilatoria de 62 a 64 años, mientras que el promedio de Europa es de 67. El retiro efectivo de los franceses —es decir, no la edad legal, sino aquella a la que en promedio dejan de trabajar— está por debajo de los 61 años: es de 60,7.
- Francia transfiere una porción mucho mayor de su economía al sector de más edad y gasta 14 puntos del PBI en pensiones, frente a un promedio de la OCDE del 7,7%. El impacto probable de todo esto es que Marine Le Pen sea la próxima presidenta; a seis meses de las elecciones, ya está primera en las encuestas y sigue subiendo con este conflicto. Lo que ella plantea es revertir la suba de la edad de retiro, una medida que hoy está suspendida hasta después de los comicios.
- En Portugal pasa algo similar: el país está inundado de carteles de André Ventura, el líder de Chega —la extrema derecha local—, que aseguran que es posible bajar la edad jubilatoria si hay menos corrupción.
- Es notable ver a todos los extremos pidiendo bajar la edad jubilatoria, que es exactamente lo contrario a lo que estos países necesitan hacer porque no hay plata.
- Más allá de que no hay plata, existe una causa muy obvia detrás de esa escasez: el cambio demográfico. En Francia, en particular, hay dos trabajadores activos por cada jubilado, y esa relación se va a reducir a uno y medio en los próximos diez años. Por más que se le quiera sacar recursos a los que trabajan para dárselos a los retirados, no alcanza; es un límite estrictamente numérico.
- **La catástrofe europea no es la islamización, es la jubilación**, y en ese terreno van para atrás. Si por el cambio poblacional no hay nuevos trabajadores, las opciones son dos: o se reducen los beneficios —algo que en los sistemas previsionales suele hacerse alargando la edad jubilatoria o moderando la tasa de actualización nominal para licuar el gasto en términos reales, como hicieron muchos países—, o se importan inmigrantes para cubrir los puestos de esos trabajadores que faltan. Y Le Pen propone deshacer exactamente esas dos cosas.
- En Europa, la extrema izquierda y la extrema derecha quieren lo mismo, y eso vuelve al continente irreformable. ¿Qué decía Benito Mussolini? "Gobernar a los italianos no es difícil, es inútil". Los franceses hoy demuestran lo mismo: Francia es irreformable e insustentable al mismo tiempo. Como la extrema izquierda tampoco favorece la inmigración, coinciden dos fuerzas que se oponen tanto al rejuvenecimiento de la mano de obra como a la reducción del gasto previsional.
- En algún momento, a medida que el mercado exija mayores rendimientos para financiarse y el riesgo país de Francia siga en aumento, habrá que ver cómo encaja este desequilibrio en la arquitectura financiera europea. En la crisis de 2008, a los países rescatados se les exigieron grandes sacrificios: el epítome fue Grecia, o la reducción del 23% en los salarios nominales en Portugal.
- Un eventual rescate a Francia no podría hacerse de la misma manera por la magnitud de su economía. Algunos discuten si Francia es demasiado grande para dejarla caer y otros dicen que es demasiado grande para impedir que caiga. Ahí puede generarse una dinámica compleja entre un Banco Central Europeo forzado a intervenir para ponerle un tope a las tasas de interés de la deuda francesa y el ruido político en los países del norte de Europa, que están en situaciones mucho más cómodas porque ordenaron sus cuentas fiscales antes. En la práctica, se estarían transfiriendo recursos desde esos países del norte hacia Francia bajo la forma de inflación para solventar las preferencias de los votantes franceses.
- Eso puede abrir un problema serio, sobre todo de cara a la elección alemana de 2029. Los alemanes también están en problemas: entraron en recesión apenas dejaron de recibir el gas barato que venía de Rusia.

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**Andrés Malamud**se recibió con honores en la carrera de Ciencias Políticas en la **Universidad de Buenos Aires (UBA)** y después hizo un doctorado en Ciencias Sociales y Políticas en el Instituto Universitario Europeo. Vive en Portugal y trabaja como investigador de la Universidad de Lisboa.

**Pablo Castro**es economista y politólogo. Fue docente en diversos cursos en la Universidad de Buenos Aires, consultor y analista financiero en Argentina y el Reino Unido.

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