
Estabilización y crecimiento: los límites de la desinflación sin inversión

Cuando una publicación difícilmente sospechada de heterodoxia como The Economist dedica tres editoriales críticos en una sola semana a un gobierno que hasta ayer elogiaba, conviene prestar atención. El semanario británico resumió su mensaje en una fórmula elocuente: menos gritos y más crecimiento. No es una impugnación al programa de estabilización; es una advertencia sobre lo que falta.
El punto de partida es innegable. La inflación anual retrocedió desde el 161% previo al cambio de gestión hasta el 34% en julio, y la economía se encamina a un segundo año de expansión. Pero el propio análisis reconoce las grietas: los salarios reales siguen por debajo de los niveles de arranque, el empleo formal se reduce y el crecimiento es lento y desigual. La desinflación, en síntesis, no se tradujo todavía en mejora de ingresos ni en creación de trabajo. La evidencia comparada es consistente: los procesos de desinflación que no fueron acompañados por inversión y ganancias de productividad derivaron, casi siempre, en recuperaciones frágiles. Allí aparece la distinción que la teoría económica trabaja desde hace décadas: estabilizar es condición necesaria, no suficiente.
La calidad del ajuste
La primera lección es sobre la composición del ajuste, no solo su magnitud. Olivier Blanchard advirtió que los multiplicadores fiscales suelen subestimarse en las fases contractivas y que no todo recorte es equivalente: consolidar sobre la inversión pública compromete el crecimiento futuro, mientras que hacerlo sobre gasto corriente improductivo tiene un costo menor. Un superávit obtenido licuando infraestructura, ciencia o mantenimiento de capital no es gratis: hipoteca la capacidad de producir mañana. El equilibrio fiscal es un activo; la manera de alcanzarlo define si ese activo se sostiene en el tiempo.
El motor ausente
La segunda lección es más elemental y más ignorada. Desde Roy Harrod y Evsey Domar hasta Robert Solow, la teoría del crecimiento enseña que el producto se expande con acumulación de capital, inversión y aumentos de productividad. Ningún modelo hace depender el crecimiento de la sola ausencia de inflación. Bajar precios remueve una distorsión —abarata el cálculo económico, protege el poder adquisitivo—, pero no genera por sí mismo formación de capital. Para que la estabilización se convierta en crecimiento hacen falta crédito, inversión y reglas que orienten recursos hacia los sectores capaces de generar empleo y divisas. Sin ese motor, la economía puede rebotar tras la recesión y luego amesetarse, que es precisamente el riesgo que hoy anticipan los indicadores de actividad.
Crecimiento no es desarrollo
La tercera lección remite a una vieja precisión. Simon Kuznets distinguió el crecimiento del producto de la transformación estructural que mejora las condiciones de vida; Amartya Sen fue más lejos al definir el progreso por las capacidades efectivas de las personas, y no por los agregados. Cuando The Economist reclama empatía con los hogares que la están pasando mal, expresa en clave periodística algo que la teoría sostiene con rigor: el bienestar no se lee solo en la planilla macro. Un país puede exhibir superávit, reservas y desinflación mientras una porción amplia de su población retrocede. Esa brecha entre la macro nominal y la economía real es, justamente, la que erosiona la aprobación y reordena las prioridades del electorado.
La receta y su límite
El diagnóstico, entonces, es cada vez más transversal. La discrepancia está en la receta. El semanario propone profundizar la liberalización: remover los controles de capital, que el banco central deje de intervenir, recortar subsidios al transporte e invertir en rutas y ferrocarriles. Es revelador que hasta la prescripción ortodoxa incorpore hoy la inversión en infraestructura como palanca de crecimiento. Pero conviene no confundir planos: liberalizar la cuenta capital administra precios financieros; no equivale, por sí solo, a una estrategia de acumulación productiva. La experiencia internacional muestra que ningún país convergió al desarrollo por la sola vía de abrir su cuenta capital: lo lograron los que combinaron estabilidad con una arquitectura de financiamiento e inversión de largo plazo. El crédito profundo en moneda propia, la inversión —pública y privada— y la mejora de la productividad no surgen de manera espontánea del repliegue estatal; requieren instituciones y política deliberada.
El horizonte
La conclusión no es refutar la estabilización, sino completarla. El propio editorial ubica el desenlace en las elecciones de 2027 y sugiere que el experimento puede agotarse si no equilibra los logros nominales con crecimiento y trabajo. La macroeconomía ordenada es un piso imprescindible después de años de desquicio monetario. Pero es un piso, no un techo. Confundir el punto de partida con el destino sería el error más caro para una política económica que ya pagó el costo del ajuste y todavía no cosecha sus frutos. Estabilizar era la mitad de la tarea. La otra mitad —crecer con empleo e ingresos— recién comienza, y es la que definirá si el esfuerzo valió la pena.




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