La grieta que importa: desarrollo o subdesarrollo

Lula ganó un país partido y lanzó una señal que va más allá de la política: Brasil mantiene una estrategia productiva que trasciende gobiernos. Por qué esa continuidad contrasta con el péndulo argentino y qué costo paga la economía cuando no hay un rumbo común.
ECONOMÍA26/10/2026

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Brasil eligió presidente con una sociedad dividida casi en mitades. Luiz Inácio Lula da Silva se impuso en el balotaje con el 51,75% de los votos frente al 48,25% de Flávio Bolsonaro, después de haber perdido la primera vuelta por casi dos puntos. Más allá del resultado y de las preferencias que cada uno tenga sobre los protagonistas, la noche electoral dejó una señal que merece atención: frente a un país partido, el ganador eligió hablar del presente y del futuro antes que del pasado, y convocar a la unidad antes que a la revancha.

La escena invita a mirar hacia la Argentina, donde la conversación pública lleva más de quince años organizada alrededor de una divisoria política que se renueva en cada elección. La pregunta de fondo es si esa es, realmente, la división que define nuestro destino económico.

Brasil cambia de gobierno, no de rumbo productivo

Brasil está lejos de ser un modelo sin problemas. Tiene desigualdades profundas, una carga tributaria compleja y una polarización política tan intensa como la nuestra. Sin embargo, hay algo que su sistema político rara vez pone en discusión: la idea de que el país necesita una base industrial propia, instrumentos de financiamiento de largo plazo y empresas con capacidad tecnológica.

El banco nacional de desarrollo, el BNDES, funciona desde 1952 y atravesó gobiernos militares, socialdemócratas, de izquierda y de derecha. Petrobras y Embraer cambiaron de estructura, de accionistas y de estrategia a lo largo de las décadas, pero nunca dejaron de ser piezas centrales de la economía brasileña. Los gobiernos discuten la intensidad, los instrumentos y las prioridades, pero no si el país debe tener una estrategia productiva. Esa continuidad no pertenece a un partido: es política de Estado.

Instituciones que trascienden gobiernos

La literatura sobre desarrollo ofrece herramientas para entender esa diferencia. Douglass North, premio Nobel de Economía, mostró que el desempeño de largo plazo de las economías depende de sus instituciones, entendidas como las reglas de juego que reducen la incertidumbre y permiten que los agentes planifiquen. Cuando las reglas cambian de manera radical con cada ciclo político, el horizonte de las decisiones se acorta y la inversión productiva, que necesita años para madurar, se retrae.

Peter Evans, en su estudio comparado sobre Brasil, Corea del Sur e India, acuñó el concepto de "autonomía enraizada" para describir a los Estados que logran impulsar el desarrollo. Son aquellos que cuentan con burocracias profesionales capaces de sostener objetivos en el tiempo y, al mismo tiempo, mantienen vínculos estrechos con el sector productivo para coordinar inversiones. Ninguna de esas dos condiciones es compatible con un péndulo que desarma, cada cuatro años, lo construido por la administración anterior.

El costo del péndulo argentino

La Argentina conoce bien ese péndulo. Ciclos de apertura y cierre, de Estado presente y Estado ausente, de estímulo al consumo y ajuste, se suceden con una regularidad que impide consolidar cualquier estrategia. El resultado es una economía que crece en algunos años y retrocede en otros, sin una trayectoria sostenida de aumento de la productividad.

Los mercados lo registran con precisión. En estos días, el riesgo país superó los 700 puntos básicos y los fondos de inversión consultados por Banco Galicia en Nueva York estiman que los precios actuales de la deuda descuentan alrededor de 58% de probabilidad de continuidad del programa económico. Más allá de la valoración que se haga del programa actual, el dato expresa algo estructural: el inversor no sabe qué reglas regirán dentro de dos años. Esa incertidumbre tiene un precio, y lo paga toda la economía en forma de crédito más caro e inversión postergada.

La divisoria que importa

Por eso conviene correr el eje del debate. La división que define el futuro argentino no pasa por las identidades partidarias, sino por la opción entre desarrollo y subdesarrollo. Entre agregar valor a los recursos naturales o limitarse a exportarlos. Entre un sistema financiero que canalice ahorro hacia la inversión productiva o uno que lo destine a la especulación de corto plazo. Entre empleo formal de calidad o informalidad creciente. Entre un proyecto que trascienda a los gobiernos o la reiteración del mismo ciclo.

Ningún país alcanzó el desarrollo con la mitad de su sociedad enfrentada a la otra mitad. Los casos exitosos construyeron acuerdos básicos sobre producción, inversión, educación y tecnología, y sobre esa plataforma común procesaron sus diferencias políticas. La estabilidad macroeconómica es una condición necesaria, pero sin una estrategia productiva compartida y sostenida en el tiempo, sus beneficios difícilmente se traduzcan en crecimiento duradero.

La lección brasileña no está en sus dirigentes, sino en su método: discutir quién gobierna sin poner en discusión hacia dónde debe ir la estructura productiva del país. Mirar hacia adelante y construir consensos no es una muestra de tibieza. Es, probablemente, la única forma de que cualquier programa económico dure más que un mandato.

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